sábado, 7 de enero de 2012

La vieja mecedora


Dicen que los objetos antiguos siempre tienen una historia detrás, sin poder ocultar lo que pasó anteriormente. La historia que les voy a contar es la de un joven.

Una mañana, en el pueblo donde residía (San Juan de los lagos)  había una gran subasta, debido a la demolición de una vieja casa abandonada y todos los objetos de valor que en ella se encontraba los iban a venderse.

El joven al enterarse fue rápido a ver si veía algo que llamase su interés. Pensaba que sería una buena idea encontrar algo que le sirviera para el salón y pudiera a su vez no ser un simple adorno.

Al llegar a la subasta, veía libros viejos, una lámpara de araña, algunos armarios y un baúl, pero nada que llamase su atención. La puja comenzó, hasta que de pronto vio, que se subastaba una mecedora; que por muy simple que se viese, era perfecta para el rincón del salón. Así que después de estar luchando por ese asiento, consiguió comprarlo.

Cuando llegó a su casa, abrió la caja que la contenía y la colocó en el lugar que había dispuesto para ella. Cómoda, confortable y barata, era perfecto para sus horas tanto de lectura como de sueño.

Los días pasaban sintiéndose más orgulloso de la buena compra que había hecho, sin arrepentirse de nada, pues comía y se echaba su pequeña siesta o a veces se ponía delante de algún libro a leer, balanceándose horas y horas.

Una noche de tormenta oyó el crujir de la madera, pero pensó que aquel estruendo lo generaban los árboles de la calle, se fue a dormir, porque por la mañana tendría que madrugar para ir a trabajar.

Al día siguiente hacia su vida como siempre, hasta que llegaba la noche y volvía a oír ese extraño sonido, no produciéndola ni la tormenta, ni el viento; sonando en el interior de la casa. Bajó a ver lo que pasaba, pero todo estaba en calma; lo más seguro que fuese que estaba soñando pues eran las tres y media de la mañana.

El tiempo pasaba, haciéndose cada vez más repetitivo cuando daban las tres, pero siempre bajaba, lo revisaba todo, miraba cada rincón, pero no hallaba nada.

Una noche no podía conciliar el sueño y se puso a leer a altas horas. Dieron las tres de la mañana y allí seguía con su lectura, pasando páginas y más páginas, hasta que se levantó a por un vaso de agua.

Mientras se encontraba en la cocina oyó ese maldito ruido que lo tenía nervioso, pues no sabía de donde provenía, observando que delante de sus ojos se movía la mecedora incesantemente. Pero allí no corría el viento por ninguna parte y lo que fue más curioso que al ponerse delante del asiento, se paró en seco. El muchacho no podía creer lo que veía, pensaba que había leído demasiado y era todo producto de su imaginación.

Al día siguiente se acerco a los que le vendieron la mecedora, para buscar respuestas a lo que le ocurrió, pero nadie le pudo contestar. Marchándose para su casa, sintiendo que lo sucedido la noche anterior fue desvaríos debido al cansancio.

Dando el reloj las tres de la mañana, se escuchó de nuevo ese infernal ruido. El chico no salía de su asombro, pero todo esto debía de acabar, no podía continuar así, se tenía que deshacer urgentemente de ese condenado mobiliario.

Bajando cada peldaño de la escalera hasta llegar al final, se topó delante de la mecedora, que se movía cada vez más ligera. Sin pensarlo actuó rápidamente dirigiéndose hacia ella, pero de repente cuando la fue a cogerla, un escalofrío atravesó su cuerpo, al sentir que una mano se posó en su hombro.

A la mañana siguiente un compañero suyo de trabajo, se extrañó de que no fuera como cada día, pues siempre era muy puntual y si estaba enfermo, siempre llamaba para avisar.

Acercándose a la casa donde vivía el joven, nadie respondía a las llamadas del timbre hasta que se fijó que la puerta estaba entreabierta; adentrándose en el lugar, no podía ni imaginar lo que allí veían sus ojos. Pasó la entrada encontrandose con la figura de su compañero muerto, sentado en la mecedora, con los ojos fuera de sus órbitas, mientras que sujetaba su libro,.

Los días pasaron desde aquel nefasto suceso, algunos pensaban que murió de forma natural, otros que se suicidó con algún veneno, pero ustedes son los únicos que pueden juzgar ; yo, a decir verdad, los dejo que saquen sus  conclusiones de todo esto, mientras que saco a subasta UNA VIEJA MECEDORA…

El ánima del puente


Allá por el año de 1950, sobre el río de San Juan de los lagos existía un puente a la orilla de la ciudad. El mismo donde cruzaban los automóviles y los peatones.

Esto le sucedió a Felipe de Santiago quien había sido primo de Salvador Hernández quien murió tres años antes atropellado por el tranvía que salía de la última curva antes de iniciar el cruce del puente. Eran las siete treinta de la tarde y ya estaba oscuro, el tranvía venía sin su luz encendida, por lo tanto el motorista no lo alcanzó a ver, nada más sintió el golpe que le dio a Salvador aventándolo al fondo del río.

De inmediato lo dieron por muerto, levantaron el cuerpo y lo empezaron a velar en su casa. Pasó toda la familia y los conocidos frente al ataúd del joven Salvador y empezaron los rosarios. Ya era casi la medianoche, cuando uno a uno se fueron retirando del velorio, quedando al final solo con el cuerpo a Felipe de Santiago.

Después de estar sólo, junto a la caja donde se encontraba su primo Salvador por un rato se levantó también para retirarse y cuándo llegó a la puerta de la sala escuchó una voz que le decía: -“No te vayas”- Se acerco al féretro el cual se encontraba abierto, puso su mano sobre el lado izquierdo del mismo, entonces sintió que la mano del difunto le apretó por tres veces seguidas su mano y del susto quedó sumamente impresionado.

Al día siguiente muy temprano Felipe fue a ver al padre del Sagrado Corazón de Jesús para contarle lo sucedido. El sacerdote, hombre muy beato le dijo: -“Lo que pasa es que tu primo Salvador vio el infierno, el purgatorio y el cielo y como no estaba confesado al momento de su muerte, regresó para avisarte que reces mucho por él”- En ese instante Felipe se dio cuenta que se encontraba baldado de su brazo izquierdo. Entonces Felipe le pidió al sacerdote que dijera tres misas por su primo. Al tercer día al terminar la misa, el brazo de Felipe recuperó su movimiento.

Felipe de Santiago, no volvió a pasar por el puente del tranvía, porque a partir de esa fecha después de las once de la noche los perros aullaban de manera lastimera cuando la gente se acercaba a dicho puente.
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